OSCAR CORBACHO - 1922/2015

                                

Oscar Corbacho nació en Carmelo, Uruguay (nacionalizado argentino). A los 6 meses su familia se trasladó a la Argentina. Vivió hasta los 28 años en Temperley. Actualmente está radicado en la ciudad de Buenos Aires. Estudió literatura y filosofía en la U.B.A.  Ejerció la crítica bibliográfica en los diarios Clarín y La Nación y fue asesor literario en Editorial Americalee. Dictó “redacción publicitaria en la Universidad de Palermo en 1994 y 1995. Cuenta con una experiencia de 30 años en publicidad dentro del área creativa.

 

Ha publicado 7 libros de poesía: “Un domingo por semana” (1971), “Confesión espontánea” (1972), “Orden del Día” (1974), “·Poetas  juntos” (con Fernando Sánchez Sorondo y Héctor G. Solanas – 1979), “Poeta en la Universidad” (1996), “Antes que nada” (2008). “De repente sonetos”(con Alfredo De Cicco – 2013).

Y un libro en prosa: “Blas y nueve cuentos”(2011)

 

Algunas distinciones:

·         Premio de honor de la Municipalidad de Morón – 1971

·         1er. premio concurso “Chau, Seaver” – 1971

·         3er. premio nacional de poesía – 1972/75

·         Accésit premio “Apollinaire” de Palma de Mallorca, España – 1973

·         1er. premio municipal de poesía inédita – 1974

·         1er.premio poesía, “Roberto Arlt”- 1975

·         1er. premio “Poema infantil ilustrado”de la SADE (con José Rainer) – 1979

·         1er.premio “Roberto Themis Speroni” de la Sociedad Arg. de Escritores de la Plata – 1979

·         1er. premio concurso Dodero de la Fundación Argentina para la Poesía - 1979

·         Finalista del VIII Premio Carabela, de España – 1980

·         Premio Fundación Eveready -1987

·         Premio Fundación Fortabat – 1987

·         Finalista concurso de poesía “Alejandro G. Roemmers, Fundación Victoria Ocampo – 2009

 

Figura en varias Antologías, como:

 

·         Poesía Argentina Contemporánea, de la Fundación Argentina para la Poesía – 2004

·         Poesía Internacional, Ed. Vosgos, Barcelona – 1974

·         Los Premiados, grupo Roberto Arlt – 1976

·         50º Aniversario Poesía Argentina Contemporánea, de Fundación Argentina para la Poesía - 2015

·         Botella al Mar - 2016

 

FURIAS Y PENAS



El dueño de la razón

El señor tiene razón.
Yo soy un pobre poeta
que pone su empeño en un negocio
para que el dinero
venda más dinero.

El señor tiene razón.
Al fin de cuentas
¿qué autoridad confiere la pobreza?



El bar de enfrente

La oficina queda a miles de años de sombra.
Los compañeros quedaron allí, presos,
dueños de su pobreza y de sus pobres sueños.

El bar es como un domingo temprano,
los zapatos recién lustrados,
la ducha luego de un viaje polvoriento,
la alegría de cumplir años.

Como no tengo valor,
ahora mismo presentaré mi dimisión al bar.



Un día

Todos los días, días.
Dejo todos los días mi casa y los amores
para ingresar en el gas de la oficina,
sus previsibles injusticias.
Para pactar con el poder
de los pobres de espíritu
y sentir la vergüenza de no ser de este lado.

(Por la ventana hay árboles
y un zorzal pregona su mercancía)

De improviso,
el dueño del látigo
(para no sentirse solo, ni tan ebrio)
amenaza a los empleados
desde su minúscula metáfora.

Todos los días, un día.




Casi un curriculum

Soy prisionero de esta ciudad.
Cambio admiraciones y amores por espejitos.
Creo en la gente como otros creen
en el perdón de los pecados,
en la justicia de los jueces,
en los gatos.
Vivo sin entender la conversación
de los mayores,
creo que, algún día, aparecerá Dios
para decirme que tenga paciencia
que, al fin de cuentas, Job fue recompensado
a su manera, a la de Dios.
Creo que a tanta edad
debería tener una casa pegada al mar océano
y que el viejo dolor adolescente
tendría que haber cedido al tratamiento de los años.
Pero sigo aquí, en esta ciudad,
desaparecido,
ignorante,
sin talento cósmico,
dueño sólo del arte de ser pobre.

Me gustaría no estar aquí

Es hora de reventar,
de salir a los gritos por la escalera de incendio
y correr hasta el campo
antes de que se haya ocultado el sol,
dejar que los árboles se sacudan el día,
que los pájaros hagan sus últimas diligencias
y que el molino disipe su figura.
Es hora de reventarse la sien
con el dedo cargado de acusaciones.




A veces, quiero explicarme

Si pudiera entenderme lo diría,
buscaría palabras elementales,
haría gestos inteligentes con las manos,
tendría la voz joven,
te pondría delante de mí
y lo diría.
Pero, cómo explicarte el llanto que no viene,
que no quiero que venga,
que no debo.
Cómo explicarte que me cansa todo:
los años,
el país,
mis ineficacias para hacerte feliz,
mis trabajos injustos,
mis cesantías.
Cómo explicarte
que estoy solo en el mundo,
siempre solo,
con un pozo negro en el pecho por las calles,
con malos muertos y con muertos vivos.
Cómo explicarte que el pasado me duele
como un viejo idiota que viviera con nosotros.
Cómo explicarte que me estoy muriendo
mientras crece Paula
y siento que le falto
como si no la amara.
Cómo explicarte que te quise tanto
como a nada en el mundo,
que no entiendo la vida sin tu nombre.
Cómo explicarte que no tengo ganas.



Perplejidades antes de dormir

Me moriré sin entender la vida.
Ya nada parece tener vuelo.
Ni una baranda al mar,
ni un pobre genio,
ni el miedo disfrazado de indolencia.

Nadie quiere nacer para ser nada,
vivir para ser sombra
o avejentada luz de la mañana
en la cama desierta.

Me moriré sin entender la muerte.



Sala de espera de urología

Qué trabajo da morir de a poco,
vivir de a poco con salud prestada
desde el ajó a la joda y a la fosa.
Vivir muriendo desde tanto tiempo
hasta esta sala de mala muerte.

Viejos olores de viejos,
rostros crucificados por la sentencia,
mujeres que no son desde hace tiempo
y muchachas cegadas por el diagnóstico.
Enfermeras enfermas de enfermería
huyen por delantales hacia el vacío.
Médicos sentenciosos discuten de la muerte
llenos de miedo.
Los pacientes conversan avergonzados.
Pasan camillas rengas, desfallecientes,
con proyectos oscuros.

Urología.
Y no hay pasión ni sexo por parte alguna.




La voz del radiólogo

La mañana está fría.
Quiere llover, pero ya nadie cree
en el viejo mérito de la lluvia
con su sacudón de melancolía y festejo.
El frío agrede la piel.
El frío agrede la congoja.

Vengo de una noche de insomnio,
deseando que una mujer me quiera
para dormir abrazados de inocencia.

Estoy solo y vuelvo a oír
la voz del radiólogo
que abrumaba la sala de espera
de mi adolescencia, con su tedioso código:
(“No respire. No se mueva. No respire”)
como un estímulo para dejarse morir.



Palabras pensadas antes de una separación

Como una olla pompeyana
o una fotografía donde todos han muerto
o un barco abandonado a la deriva
o la carta perdida que anunciaba la muerte
repentina del padre joven
o el perfume inolvidable de la primera novia.

Así es de inútil esta vida.
Así venían los hunos acobardando a Roma.
Así miramos las mariposas rosadas
de las paredes de los hoteles transitorios.
Así elegimos la huida
y la pena del código penal.

Así nos odiamos
con todo el furor del conocimiento.




Tango

El bandoneón
viborea entre los muslos de los bailarines.

La danza
danza su estertor de zaguán antiguo,
de cerco de ligustros,
de sombras.

(Una mujer que quise por años cruza el salón.
Huye del dolor y de los espejos
que la envejecen.
Es el estribillo de la melodía
que perfora la pista como una lanza.)

No entiendo
su mensaje antiguo:
habla de un callejón que nunca tuve,
de un verano velado,
de un sollozo perverso,
de un yuyo amargo.

No entiendo
su espiral musical,
su púa maltrecha,
su oratorio
y su luctuoso prestigio de órgano de arrabal.

No te entiendo, "che, bandoneón".



“Sans Souci” (*)

Los violines cruzaron el patio rojo
rumbo a las calles indiferentes.
El piano desovilló su estirpe chopiniana
en un crujiente descenso de cristales
que ascendían hacia el calor de la noche,
glorificándola.
Los bandoneones revisaban los bajos fondos,
las tristezas caídas,
las previsibles furias.
La orquesta buscaba algo más,
alguna certeza detrás de la melodía,
una explicación borrosa de la parsimonia,
de la superchería,
de lo mediocre.
Nadie entendía la tensión.
Nadie creía que la muerte estuviera cerca.
Nadie entendía el significado
del pequeño concierto urbano
ni las razones de la
exasperada ternura final.

(*) No es problema.



La memoria

La memoria es un prejuicio del pasado.
La memoria pinta cielos celestes
en los destartalados tachos de basura
de la ciudad pasada.
Asesina al perro de la infancia.
Pone a los muertos de cuclillas
en los bordes de la playa,
allí donde el mar contiene el aliento.
Deposita un color inusitado
en la mujer que creí amar en otro tiempo.
Descompone cerraduras.
Juega con los muslos femeninos
que no me pertenecieron.
Desbarata las cópulas
y aniquila a los ídolos que me salvaron
de la desolación.

La memoria es un furioso predicador
que arremete contra la libertad
y me obliga a pactar con el poder
o con lo que sea.
Se trepa a mis piernas.
Me reduce a un hombre cansado y rencoroso
que cree caminar por la playa
un día de otoño,
soleado,
solo,
sin pensar,
sin memoria.



Hombre común

Es un hombre como nosotros.
Anda entre nosotros.
Es un excelente padre de familia.
Ayuda a los hijos menores a hacer los deberes,
los lleva a las plazas,
juega con ellos a la pelota,
se deja ganar.
A los mayores les da consejos,
les presta dinero y el auto.
Quiere que sean universitarios.
A su mujer la trata con respeto,
le cuelga cartelones de vereda a vereda
cada vez que cumple años
con frases de amor.
Es un poco infiel
pero ¿quién no?

Es un torturador.

Vive de sentir placer en el dolor ajeno,
en la carne magullada,
en los aullidos del tormento,
en la violación del cuerpo.
Viene de hundir la cabeza del desdichado
en la batea de excrementos,
de arrancar pelos y uñas,
de humillar hasta lo más profundo del alma
de quien suplica por el perdón,
la inocencia o la muerte.
Sabe, abyectamente,
que la tortura no es el mayor dolor
si no la angustia de esperar, hora, por hora,
con horror, que ella regresará.

Nada lo delata.

Me espanta sentir, a veces,
asqueado de violencia,
impunidad,
maldad,
injusticia,
prepotencia,
vileza, que
yo podría torturar a un torturador.




Un padre fue asesinado por sus hijos

Ya lo sabían los griegos
y Freud
y las tribus primitivas
y las crónicas policiales:
la “muerte” simbólica del padre ideal
es imprescindible para crecer.

Ya lo sé.
Ya lo sé.
Pero esos demonios del alma
no me entran en la cabeza.

Como el infinito.

Y ahora ¿qué?
¿Qué harán sin padre?
¿Serán mejores?
¿Estarán vengados?
Lo ignoro
y no me entra en la cabeza.
Como la nada.
¿Quién les dará la mano
para cruzar la calle cuando eran chicos?
¿Quién los habrá alzado sobre los hombros
para que vieran mejor?
¿Quién les llevará chocolatines a la cárcel?

Ya sé que es difícil ser hijo,
pero no me entra en la cabeza.

Como Dios.

Desde mi lugar de huérfano de nacimiento
me pregunto aterrado por el sentido
de este tenebroso despilfarro de amor.



Lunes I

Ni ganas de vivir me dan los lunes.

Rencorosamente acepto la existencia.
Copio las reflexiones de los fracasados.
Desmerezco a los que son felices.
Me rebelo angustiándome.
Y salgo a caminar por las calles
de las furias y las penas.
Para sentirme mejor.



Lunes II

Hoy me compré un desconsuelo y me lo puse.
Es lunes. Y nadie ganó perdiendo, que yo sepa.
He perdido lo menos 50 años
creyendo en los demás, soñando, dudando,
diciendo “pase usted primero”.

Es lunes. Un lunes inhumano y astuto
que quiere eternizarse.
Un lunes herido de muerte
que a las 3 de la tarde se defiende
a dentelladas del martes que se avecina.
Un lunes amargado que,
morir por morir,
lo hará matando a empleados a prueba
que se atreven a escribir poemas
a escondidas para olvidar que es lunes.



La reina del Plata

Cesante de la naturaleza,
el ciudadano es un loco relojero
que despilfarra el tiempo con apuros.
Cae la tarde, pero no la ve.
Cambian las estaciones, pero no comprende.
El horizonte es un lugar turístico.

El ciudadano es un dios sobreviviente
de las demoliciones, el tránsito,
los cementerios de basura,
las invencibles bolsas de plástico,
los cartoneros.

El ciudadano busca la ciudad que había,
la rosa inicial, el ladrido antiguo,
las ranas, los grillos, el amor.

Pero la ciudad es invencible.
Sus células deformes
avanzan sobre células deformes,
sobre los edificios patriarcales,
deformándose, asfixiándose,
copulándose a sí misma.

La ciudad avanza inexorablemente
hacia nosotros,con el furor del desengaño,
hacia su propia capitulación.



Bocinas

En vez de pájaros,
todas las mañanas me despiertan
las bocinas de los automóviles.

Alguien quiere prohibirlas.
¿Qué sería de la vida sin bocinas,
cómo advertiríamos que existimos,
de qué manera se saludaría la gente
o se aplaudiría la belleza
o se insultaría sin ofender demasiado
o se llamaría sin tocar el timbre?

Cuando a la madrugada cesan
y el gato ronronea su madeja de sexo,
las maderas del piso se desperezan,
y las madres descansan,
sólo entonces comprendo
lo penoso que sería el silencio de la ciudad.




Comprensión

Pasé tres meses ocupado
en buscar ocupación.

Comprendí que hay gente especializada
en recibir desocupados,
en preparar digestos de excusas,
trampas para no dejar huellas,
expertos en mentiras impiadosas.

Conocí las tablas de la indiferencia,
los reyes del calorcito
y de la casa con piscina.
Seres premeditadamente arrinconados en la ciudad
por un dios inferior
al que se someten rencorosamente.

Comprendí que la paz
es la frontera de la guerra.
La felicidad, una prórroga de la tragedia.
La seguridad, un desecho de la fragilidad.
Comprendí que hay muertos que tardan en morir.



El subterráneo

Esta mañana, el tren subterráneo
se detuvo sin razón.
(Íbamos a alguna parte y ya no íbamos)

Estupefactos,
nos miramos preguntándonos por la oscuridad,
el silencio, la traspiración.

El aire era un pescado viscoso y lento
en un mar de pelos sucios.

Un desperfecto o un perfecto complot
nos dejaba solos, lejos del aire minado,
lejos del cielo gris,
lejos de nuestros padres,
con un golpe en la nuca y sin la rosa.
Solos bajo la tierra, mudos,
como un ensayo de morir.



Ciudad I

Antes, en la calle se jugaba a la pelota,
la gente tenía ademanes corteses,
el río quedaba cerca,
había un tranvía que llegaba desde la noche
hasta la orilla, según cuentan.

Entonces, había misa los domingos,
las horas se reconocían por los acontecimientos,
la ciudad tenía olor a flores nuevas.
Un muchacho muy joven
paseaba su pudor por la noche
reconociendo sexos despintados,
viejas libreas
y luces crepusculares.
(Las prostitutas lo miraban
con cierto remordimiento)
La ciudad era tierna y fuerte como padre joven.
De las farmacias salían disparando remedios
contra el llanto, olor a viudas,
y el tedio de las balanzas.
Los policías estaban con nosotros.
El puerto tenía nostalgias de otros puertos.
Ahora, la calle despide olor a cebolla,
insulta, difama, bocina.
(Calle sin árboles como templo de sacrificios)
La grúa le abre un tajo feroz
por donde saltan cables, caños, gases, asesinatos.
Son playas de estacionamiento para autos:
autos para incrementar la ruina, autos caratulados,
autorizados para el automatismo,
autómatas del disparate,
autos que apisonan el venerable estiércol
que aún subsiste bajo el horror del asfalto.

Antes, había tiempo, olor a arena mojada,
sábanas al sol, saludos.

Antes de estar resignada a sí misma,
esta ciudad tenía todas las inminencias
a su favor.



Escribir

A pesar de la ciudad sin brillo,
de su desdén por los libros de poesía,
del rudimentario idioma que poseo,
de lo común que soy
y de saber que todo ha sido dicho,
yo seguiré escribiendo
aunque mis poemas queden encajonados.

Seguiré escribiendo porque es un llanto
inocultable, una risa impensada,
porque me amigo con el extraño que me vive,
porque cesan las furias
y salgo convaleciente.

Y porque, algunas veces,
me gusta lo que escribo.



Miedos

Nada mejor que armarse de valor
y sentir el miedo hasta los huesos.

Miedo de que me acepten y tenga que regresar
todos los días.
Miedo de no llegar a ver a mi hija
cuando crezca
y de no saber decirle que la quiero.
Miedo de las promesas.
Miedo de las estafas.

Y miedo de que estos poemas,
que me duelen en la boca del estómago,
no sean poemas.
Y miedo de que a nadie le importe.



El abuelo

Ayer murió el abuelo
que le enseñó a mi hija los números,
los pasos, la confianza, los rasgos del amor,
la rugosa suavidad de una mano,
las largas caminatas por la tierra,
el secreto de las llaves.
La ayudó a crecer,
a disfrutar del cielo,
a sentirse segura en la oscuridad.

No sé cómo decirle,
no sé cómo explicarle
que desde ayer ya nada,
que nunca más ya nadie responderá a su nombre,
que nunca más su sombra la aguardará serena
al final del pasillo.
No sé cómo decirle
que ya me siento un poco como él
de abuelo y de congoja.
No sé cómo decirle
que así es la vida.



No comprendo

¿Quién dictamina
el desvencijamiento del día,
su entristecido desnivel hacia la noche?
¿Quién determina la parálisis del sueño
y sus turbios huéspedes?
¿Quién hace cuentas falsas
con el corazón de los niños
y trafica con las ligeras manías de los viejos?

Vengo de amar historias de difuntos,
de conmemorar con lágrimas
como quien iza la bandera en los días patrios.
Vengo de amar sin contemplaciones
y de recobrar mi edad en nombre de otro nombre,
de recobrar mi vida en vida nueva.
Vengo de ser mi dios primero,
mi fiscal perdedor, el homicida absuelto.
Vengo de una oscura metáfora
descifrada al final de un largo poema.

Entonces
¿quién hace regresar el luto,
este improperio con que me persigo,
este plagio desenfrenado de la tristeza?



Golpes

Cuesta disimular cuando los golpes duelen.
(Deben sentir lo mismo las gacelas
cuando se agazapan para pasar inadvertidas).

Me niego a que sea justo.
Persistiré en mis sueños,
en la terca ilusión de cada día
igual que la sonrisa de mi hija
cuando el sol la despierta en las mañanas.

Duro y duro no más para que duela,
pero no tanto que la muerte destituya los planes
y eche a perder sus réditos.

Simularé que todo está perfecto,
que el látigo es legal
si cae sobre los rebeldes.

Pero yo sé que la magia conoce la venganza,
las incurables enfermedades,
los deslumbrantes miedos
y las lentas y distraídas muertes.



Viernes

La niebla es un pájaro caído sobre la ciudad.
Todos conocemos su valor testimonial
y su silencio imprescindible
durante los días que preceden a las anunciaciones,
las fiebres o los tormentos.

Ahí está, untuosa como una persecución,
aplastándose contra la brea del puerto,
abrumando los vidrios, uniformando banderas.

Ahí está,
atardeciendo la tarde,
atardeciéndola a más no poder
a pesar de ser viernes a las 6 de la tarde.



Esperanza

Estoy casi seguro de que, en algún sitio,
existirá algún campo
con un puño de árboles lejanos
sobre la casa vieja y el silencio estruendoso
en esta hora luminosa de la siesta
y habrá un molino girando distraído
y una asunción de perros
y un camino rebotando en la tranquera.

En algún sitio andará libre el aire, digo,
los pájaros lo cruzarán
despavoridos de alegría.
En algún sitio dejaré de estar
dentro de una oficina,
dentro de un colectivo,
dentro de una discusión,
dentro de una ciudad desaforada.

En algún sitio estaré yo, fuera de aquí,
fuera de mí.



Ya sé

Ya sé que esto no es serio ni maduro,
que sigo carcomido por episodios personales,
asediado por mi cédula de identidad,
que no puedo salir de mi pequeña historia.

Ya sé que debería ser trascendente,
hablar de cosmogonías,
aconsejar al hombre,
ayudarle a ver el mundo
y a usar la poesía como una fórmula
de conocimiento
o una ciencia posible
o una estrategia para llegar a Dios.

Ya sé que debería inventar un mundo predilecto,
una especie redentora
o un estandarte de sabiduría.

Pero temo salir de mí
y, al regresar, no encontrarme.




Otro día

Hoy debería estar desesperado
y estoy indiferente, perezoso.

Las 6 de la tarde está tan lejana,
irreal, desmemoriada,
que, tal vez, no llegue nunca.
O cuando llegue, sea tarde.



Juegos

¿A qué juegan aquí?
¿Qué se merecen
por haber olvidado la alegría,
los viajes por placer,
el amor,
los atardeceres?

Juegan a perdonar sus juventudes,
a disolver sus viejos sueños,
a mentir sus ganancias,
a fingir que es muy cierto
cuanto ocurre aquí dentro.

Juegan al juego de olvidar que se van a morir.



Ex

A este señor lo conocí hace tiempo.
Compartí con él la alegría de los sueños
y las coincidencias.
Fuimos buenos amigos de mi parte.

Un día comprendí que no era cierto,
que los pormenores desmerecen
y que había quedado solo con mi amistad.

Hoy estamos de nuevo, frente a frente,
ganándonos la vida.

Es triste, me avejenta, cansa mucho,
pero a este señor no lo conozco.



Paternidad

No sé hacer pajaritas de papel,
no soy un padre joven
que llega de improviso en mitad de los cuentos
a rescatar a la muchacha
de las fauces del dragón,
no sé arreglar juguetes
ni hacer figuras chinescas en la pared,
ni tengo un pasado misterioso y turbulento.

Sólo tengo la alegría de ser tu padre,
de que seas mi hija
y la perdurable certeza de que algunos versos
me sobrevivirán para que estés contenta.



Ya

Ahora mismo,
debería decir “vuelvo enseguida”,
irme, no regresar,
y no haber estado nunca.



Esperanza

Espérame.
Pacientemente, espérame,
que yo seré el de antes,
el del cariño simple y los asombros.
Mira, fue un golpe en el codo,
una desesperanza instalada, de pronto,
como tumor maligno.

Espera que se vaya.
Espera sin reprocharme nada.
Bastante tengo yo con esperarme
todos los días a las 6 de la tarde
en la puerta de calle, temiendo no llegar.



Treta

Los silencios se desploman por la oscuridad
con sus cálculos de hielo.
Las palabras proponen pero no disponen.
El amor explica al mundo, lo hace fácil.
Y los amantes se ven bellos como soles,
iracundos de compasión,
deslumbrantes de demencia.

Pero viene el descuido, los desempleos,
el invierno, la impaciencia,
la hora de la cena, el sueño, la gordura,
los abortos,
y se nota que el amor
es una treta para no estar tan solo.




La mañana

Está gris, gelatinosa, enferma.
Nadie lo quiere entender, pero es grave.
Nadie lo advierte.
Sólo ven que está pálida y ojerosa.

Yo, que conozco la materia de las defunciones,
que he profundizado en la boca de los muertos,
yo sé que esta mañana no respira, no late,
no empaña los espejos,
por más que haga mover las agujas de los relojes.

Esta mañana
(no sé cómo decirlo para que se me entienda
sin ofender a nadie)
la mañana es un feto muerto.



Choque

Ayer,
el dueño de la empresa
tuvo un accidente automovilístico
y está hospitalizado.

Chocó contra la realidad.



Renacer

Inesperadamente, la mañana es suave, luminosa.
Una mañana de estación ferroviaria abandonada
en mitad del campo, sin trenes,
con un perro durmiendo bajo el banco
y un pequeño jugando con monedas.
Una mañana para estarse lejos
amando a una mujer quietamente
que ni ella lo note,
y estar planeando viajes para siempre
a remotas regiones
llenas de desayunos enceguecedores.
Una mañana lenta como cuando había tiempo
y no existía la muerte.
Una mañana para desconfiar.



Sábado

Mañana es sábado.
Mañana saldré temprano a derrotar el viento,
a restar lejanías,
a tocar el pasto fresco por la noche.
Me sentaré a celebrar el tiempo lento,
la inaugural sentencia de los días,
la culminación del amor.
Me dejaré olvidar,
pondré mi sombra a la sombra de la arboleda,
y la ciudad no habrá existido nunca.
Enviaré una paloma de renuncia,
haré la paz con Dios
y me echaré a morir como si nada,
como si todo,
con la vida total en la garganta.



Drogas

La infancia con sus juegos ineficaces,
el amor a las plazas y a las camas,
los otros, los amigos exitosos,
la música de los antepasados,
los libros,
los hijos,
la tiranía de Dios,
las siestas del domingo,
el heroísmo,
los ídolos,
las exageradas desdichas,
el trabajo después de hora,
el dinero,
el poder,
el fracaso,
las drogas
o escribir,
son formas de la fascinación por el olvido,
subterfugios de la desesperación
por distraer a la muerte.



Sin embargo

Hoy estoy lleno de bocinas
y ventanas cerradas.

(Ayer tuve el campo para mí.
El sol caracoleaba en mi cuerpo.
Los pájaros entorpecían el aire.
La paz era un objeto lleno de peso.)

La prisa y el espanto afilan sus uñas.
Recuerdo al viejo Whitman y me pregunto
qué haría en esta ciudad sin esperanzas,
sin sol, rodeada por un río desventurado.
Seguro que habría muerto antes de ser
Walt Whitman.

¿Es justo que mi hija viva en esta tierra asfaltada,
que tome sol en dosis como una medicina,
que aprenda a caminar sobre parqués?
Yo no entendí la vida sino cuando era tarde
y no puedo entregarle una casa con flores
o una calle cortada para correr sin miedo.
Y tengo que traerle de lejos algún nido
para que entienda la libertad de las aves.
Yo no quiero que viva en el aire marchito y sin atardeceres.
Pero yo soy sólo yo y el tiempo no me ayuda
y mis manos escriben solamente poesía.
No sé cavar la tierra, ni despertar objetos.
Cambiaría palabras y años por una casa frente al mar.

Hoy estoy lleno de bocinas
y ventanas cerradas.

Mas ¿qué importa mi suerte personal,
mi pequeña materia individual,
qué puede importarle al dios de la ciudad
este tenue llanto, este indeciso sueño,
la voracidad con que he gastado mis dones?

Sin embargo,
por debajo de mi tenaz desamparo,
de mis potestades,
sé que vendrá un milagro legal,
una afirmación de la belleza,
una forma similar a la justicia.
Porque, perdido y todo,
sé que mi esencia es sagrada
y que el hombre es el camino más corto
hacia la eternidad.

Pero hoy estoy lleno de bocinas
y ventanas cerradas.



Tormento

Está bien, está bien, me voy, me quedo,
cedo a la picana eléctrica,
a los golpes en la ingle
y confieso todo lo que sé,
invento culpas si es preciso,
pero basta ya.
Déjenme ver la luz, el pasto, el río de Solís,
alguna confirmación de la naturaleza:
destruyamos esta confabulación de la comodidad,
apretemos el botón del inodoro
y empecemos de nuevo por la aldea.



El pasado

Mi hija ingresa en los pasillos del pasado
y enciende sus luces sucesivas.

El pasado, entonces, se pone en movimiento,
modifica los decorados,
ensaya nuevas tomas
y hace crecer un color distinto
en las viejas paredes.
Entonces,
me convenzo de que vengo de otro lugar,
otro tiempo,
otra familia
y que ella misma existe desde siempre.

Nunca se vive dos veces el mismo pasado.



Mi madre

Está muerta hace tiempo,
pero cumple años como siempre
y reaparece en las fotografías,
mitad escondida, mitad velada por la vergüenza.

Tengo la misma edad de su muerte
y es como si cruzara un bosque
lleno de humo
o enarbolara una bandera de parlamento
o descubriera un feto
en el fondo de una piscina.

Estaba sentenciada por el embuste.
Cuando la vi, era tarde:
los años la habían arrasado en pocos meses,
tenía el rostro de las brujas infantiles
y, sin embargo, era ella,
la misma que me acunaba en su pollera
con olor a cocina,
la misma que convocaba el té de tilo nocturno,
la que me enseñó a rezar para mi padre,
muerto por esos cielos,
la que estiraba las frazadas hasta las orejas,
la de las manos rugosas de tiempo y jabón.

Era la misma. Pero ocupada en su muerte,
no le alegraba mi regreso
y seguía acostada sin preguntarme nada,
sin fuerzas, sin ganas, sin amor.
No le importaba el hijo que regresaba enfermo.

Estoy cruzando su muerte en mitad de la lluvia,
estoy echando un puñado de tierra
y me falta su amparo, su falda, su silencio.
Será posible, Dios, que nunca acabe,
que nadie acabe de morir
hasta su propia muerte,
que todo sea un atentado de ambigüedad,
que me dé miedo escribir
por no tropezar con ella
detrás de cada metáfora,
detrás de cada impericia.

Camino por su muerte como si sólo ahora
muriera de repente.

Ya no existen sus cartas, sus peinetas,
su cama de la muerte.
Sólo existe este llanto tardío,
esta sobresaltada pesadilla,
este miedo a vivir que dan los años.



A un adolescente

Aprende a vivir en el júbilo.
Tira la tristeza al borde del camino.
Tarde o temprano, ella volverá
porque es terca y le sienta bien tu cuerpo.
Pero lo mismo, arrójala con furia
porque es mala compañía.
No creas que eres único.
Dios ha hecho muchas cosas iguales.
Pero eres distinto
y tienes derecho a seguir siéndolo.
Todas las mañanas, mira el sol, los pájaros
y alégrate de tu edad.
Busca al enemigo que llevas dentro.
Persíguelo con la única saña
que te será permitida.
Y serás libre.
El es culpable de tus malos sueños, tus tribulaciones,
tu lento caminar en la neblina.
Déjate vivir, sin exigirte demasiado.
No creas en tus padres.
Indaga en ellos, ódialos y, luego, perdónalos.
No sabían lo que hacían.



Escribir

Hay una confesión única
que repito sin tregua para no ser condenado.
El remordimiento se confabula con el miedo
y hace caer las fotografías de los antepasados.
La avidez es un trozo de grasa
que cuelga como una prótesis imperfecta.
Me siento echado de los empleos
por haber confirmado la sospecha
de que el reino de los cielos
será de los abusadores, los farsantes,
de los que dicen “pienso de que”
y no pueden pensar.

Mañana es otro día mienten por todas partes.
Mañana será otro día, sí,
rodeado de Vallejo,
Neruda solitario,
Hernández preso,
Machado viudo
y el hombre que me vive.

Escribir es callarse.



El dueño del látigo

Simula afectos.
Conoce el precio de todo, incluso del amor.
Ignora la alegría de caminar,
ligeramente alado,
por las calles del atardecer
para llegar temprano adonde lo aman.

Paga menos por más
según la vieja treta occidental y cristiana.
Cierto día,
se deshace de un empleado
como de una coma,
un mechón,
un mal pensamiento.
Los poetas lo desprecian
con metáforas que no comprende.

Pobre de espíritu,
suyo es el reino de la tierra.



Cuesta entender

Hoy no me siento poeta.
Hoy no me interesa luchar con las palabras
ni conmigo.
Más cerca o menos cerca de las cosas,
alejado de mí como cualquiera,
quiero creer de nuevo,
con paciencia,
desventuradamente.
Quiero reunir los plazos,
la buena sombra
y recuperar la voz que me habitaba
antes de denunciar esta perversidad,
ingenuamente.

Nadie está exento de sentirse débil,
pero cuesta entender que, a pocos pasos de la muerte,
aún me demore en ciertas circunstancias,
en ciertos pormenores de la blasfemia
o de su socio, el llanto.
Todavía me cuesta entender la existencia
y me entristece la muerte.

Estoy a prueba.



Poeta en la oficina

No debería estar aquí
sino en una casa frente al mar,
escribiendo furiosamente para reponer el tiempo,
mientras mi hija crece sosbre la arena húmeda,
ahuyentando gaviotas,
dibujando en el cielo sus casas de colores,
corriendo contra el viento
que le estruja sonrisas
y mi mujer despliega sus tiernos estandartes
y el vientre se le extiende como planeta nuevo.
Y hay vinos y empanadas y hay amigos.

No debería estar aquí.
Soy un malentendido.



Cesantía

Un señor con nombre de pintor
me dejó cesante.
No le pareció correcto
que me retirara todos los días a las 6
cuando el horario de trabajo era hasta las 6.



A Selva

1
Éramos tan jóvenes,
tan altivos,
tan ilusos,
teníamos tanto miedo,
que malgastábamos la vida
mirando el mundo por la mirilla de la puerta.
Angustiados y tensos, estábamos esposados
hasta el abatimiento y la pequeña muerte.
Sin saber qué hacer con la existencia,
nos convertimos en dos fracasados,
dos derrotados sin ganas de ganar,
dos refugiados.

Tuve un sueño imposible
un día,
una locura antigua
y el corazón se trepó a las notas del cielo.
Tomé otro destino
y recorrí la dura certeza del remordimiento.
El tiempo propuso oscuros episodios,
lágrimas ineficaces,
malentendidos,
hasta hoy.

Hoy estoy aquí, a solas con tu agonía,
sin llantos, sin reproches,
recordando tu rostro de muchacha asombrada,
casi alegre, conmigo,
en un día de campo y trebolares.

Ahora, que hay tiempo, todavía,
dame el perdón,
ahora, cuando ya nada importa,
ni tu rostro de hoy ni mi rostro de después,
dame el perdón por haber sido feliz.
Lejos de ti.


2
Éramos tan jóvenes
que nos deleitaban las formas más que el fondo,
los vocablos y no los significados,
la belleza antes que la bondad,
la ética por sobre los intereses.
Tan altivos como para no aspirar al éxito,
a la notoriedad o a la riqueza.
Tan ilusos que creíamos en el valor de la palabra,
en la sinceridad,
en la justicia,
en que los demás eran como nosotros.
Amábamos a los ineficaces,
a los candorosos,
a los débiles de corazón
porque ellos salvarían al mundo.
Confundíamos la pereza con la duda,
el amor con el hábito,
a Dios con los milagros.

Creíamos que el fracaso era una condecoración,
un triunfo sobre la vileza y la codicia,
nuestra manera privilegiada
de descubrir el significado de la existencia.
Creíamos que amar era
ser uno solo.

3
No merecías esta inmisericordia:
bastaba con morir.
No merecías la vida que llevaste
tan lejos de tus dones
(Tu talento,
tu espíritu armonioso,
tu lealtad,
tu mansedumbre,
tu interés por la vida).

No merecías el hombre tan amado
que se dejó querer
y que paralizó tu corazón adolescennte
hasta el nihilismo y el rencor.

4
Siento piedad por mí,
por mi insulso pasado,
por los muslos perdidos entre sofismas,
por mi ausencia de vocación,
por mi incapacidad para el cálculo
y para tolerar al beocio.

Siento piedad
por haber elegido escribir poesía,
que es la marginación de lo marginal,
por mi perdida fe cristiana,
por no haber abrazado una causa abnegada,
por haber creído en la eficacia de la esperanza
y en la intensidad del deseo,
por haber sido amigo de mistificadores y tramposos,
por haber amado demasiado tarde
y por creer que la vida
pasaría más lentamente.


5
Tu corazón enamorado y destituido,
cenizas,
tu andar de pantera displicente,
cenizas,
la molicie,
cenizas,
el asombro,
cenizas,
la voracidad por lo justo,
la paciencia dulcísima,
la culpa,
el patio de tu casa infantil,
cenizas.
El refugio amoroso de tu padre,
cenizas, cenizas tus historias repetidas,
cenizas tu inteligencia luminosa,
cenizas tus cenizas
que tu hijo arrojó al río
para que llegaran al mar y regresaran con la lluvia
o con el viento.

Un puñado era mío por los desamparados años vividos.

Sólo cenizas.
Ya lo sabíamos pero duele, apena,
llena el aire de desdichas por vos
y por quienes te negaron el adiós desde tu sangre.

El momento más temido es sólo cenizas,
en el cielo,
en el sueño
y en las entrañas.
Cenizas en el polvo de los años.
Cenizas, Selva.


6
El equilibrio del mundo
no tiene que ver conmigo.

La muerte cumple con su ritual
y debe todavía muchas muertes merecidas.
A veces es impiadosa
y hace sufrir a seres bondadosos,
queridos,
ya sin futuro,
deformándolos
antes de matarlos.

Estoy lleno de muertes
y no soy nadie para quejarme o rogar.
Nadie.
Apenas un condenado.
Me asiste la pericia de escribir,
de amar a la naturaleza,
de querer a los nobles de espíritu,
de entender cada vez menos a las mayorías
y creer cada vez más en los pocos mejores.

Pero no es todo:
hay una infancia que rescatar,
pasajes de una vida de escaso candor
y demasiada pereza.

Pero ¿a quién le importa?
Podría haber sido escrito en el medioevo,
en el tiempo de los jacobinos,
en la primera guerra mundial
y todo seguiría igual.

Dejemos que el desánimo haga su tarea devastadora,
dejemos de escribir para nada,
para nadie,
para el olvido,
para las cenizas,
para el humo,
para calmarnos.
Dejemos ya.